Todas las mañanas se quedaba unos minutos contemplando el cielo, que las primeras horas del día sustituía por un gigantesco cuadro fauvista.

Verde,naranja,amarillo y por supuesto múltiples tonalidades de azul se mezclaban en la atmosfera que le envolvía en el camino.

Y así mañana tras mañana encontraba una nueva pincelada en el firmamento.

Creo que sucedió el día que dejó de mirar al cielo.

Vio en los poemas palabras muertas secas e incapaces de transmitir nada y no le importó asumir que estaba tratando como operaciones sintácticas y léxicas lo que un día fueron pasiones y placeres.

Dejó de viajar. Cuándo percibió lo hercúleo como banal piedra y las bocanadas como vulgar aire. Miró a la guerra como números cubiertos de sangre y a las ideas reconoció como penas capitales.

Innecesarias eran la sonrisa,en aquellos vacíos mentales que convertía al humo como el único placer respetable.

Y en los círculos nefastos que llegan desde la calle,se cuelan las preguntas que no responde nadie:

¿A dónde se marcha el hedonismo cuanto es más necesitado?

¿Dónde viven los poemas que jamás han sido creados?

¿DÓNDE SE HAN IDO LAS MUSAS?¿Dónde las habéis encarcelado?

Esa mañana volvió a salir temprano,En el camino, miró al cielo y no se preguntó si esa obra maestra era una creación de Matisse o de Derain porque ya no veía ningún color.

Tras 11 de años de lucha habían conseguido alienarla…

Y ya no le importaba.

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